Después de muchos años trabajando en la creación de organizaciones comunitarias, sin el apoyo de ningún gobierno, ni local, ni regional, ni nacional, me siento tentado a contar algunas historias que he vivido y que de alguna manera han moldeado la opinión que sobre este tema tengo. Yo no he leído el ante proyecto de la Ley de las Comunas, por lo tanto no quiero entrar en el candente tema legislativo y legal, o en la polémica de qué tiene de malo y qué de bueno, que quizás por lo controversial, desdibuja la necesidad de buscar alternativas a la manera en que el poder local debe expresarse.
La primera de estas historias sucedió en el municipio Península de Macanao en Nueva Esparta. El Bankomunal de ese sector tenía ya unos dos o tres años funcionando, cuando eligieron un nuevo alcalde. Las mujeres del Bankomunal le hicieron una visita de cortesía y según ellas mismas me contaron, el hombre estaba entrando a sus oficinas cuando las vio venir y sin mediar palabra alguna, levantó las manos como en un acto de fastidio e inmediatamente les dijo: “Aquí no hay real”. Algunas de las mujeres se sintieron abofeteadas, pero la presidenta del Bankomunal, una señora pausada y con un extraordinario porte Guaiquerie, solamente se limitó a contestarle: “No alcalde, dinero tenemos, si quiere le prestamos”.
La otra historia sucedió también en Nueva Esparta. Un grupo de Bankomunales habían presentado al FIDE un proyecto para la adquisición de una ambulancia que utilizarían en un proyecto conjunto de atención preventiva de salud. Se trata de un proyecto bastante innovador y que pretendía que la ambulancia, aparte de transportar a las personas que la necesitaran, se usara para establecer algunas rutas de visitas preventivas de salud, especialmente a los niños y ancianos de la comunidad. Los recursos fueron aprobados después de muchos meses, pero el costo de la ambulancia había aumentado considerablemente para el momento de la aprobación. Los Bankomunales pidieron un poco de tiempo para buscar una manera de completar esos fondos y poder adquirir la unidad. Pero un nuevo Alcalde, “guapo y apoyao”, de la manera más grosera, simplemente se los quitó para financiar una iniciativa diferente, de la propia alcaldía.
En otra oportunidad quisimos replicar un sistema de recolección y procesamiento de residuos sólidos, que había mostrado mucho éxito en varios países latinoamericanos. Esta vez se trataba de la Alcaldía de Maturín. El proyecto consistía en un programa inicial de educación ambiental en las escuelas, acompañado de la creación de una pequeña micro empresa local, que se encargaría de la recolección y un centro de separación de residuos sólidos, para reciclar y generar compost orgánico. Nosotros hicimos la inversión en la campaña educativa. El Bankomunal prestó los fondos a la micro empresa y la comunidad facilitó todo el proceso. Legalmente la potestad para recoger la basura y establecer un régimen de tarifas en ese momento recaía sobre la alcaldía, por lo que al final se requería un convenio donde se delegara la recolección local, se autorizara el transporte desde el centro de separación y reciclaje y adicionalmente, para garantizar la sostenibilidad del modelo, se necesitaba ordenar el ya mencionado sistema de tarifas, que de paso había sido discutido con la comunidad.
La comunidad pasó más de 6 meses tratando de encontrar una entrevista con el Alcalde, quien se había comprometido antes de comenzar el proyecto a apoyarlo legalmente, pues económicamente había dicho que no podía. Para ese momento el Alcalde estaba en un conflicto con el Gobernador y no hubo manera de que prestara atención a la comunidad. Sin recolección desde el centro de separación y sin régimen de tarifa, el proyecto era insostenible.
Otro caso, lo recuerdo, en el Estado Sucre. El Alcalde se empeñó en dar créditos a diestras y siniestras a la comunidad, pese a que el Bankomunal le había explicado que aquello era redundante, pues ellos tenían su propio sistema de auto financiamiento. La insistencia del Alcalde en ofrecer algo innecesario fue tal que, efectivamente otorgó unos 8 ó 10 créditos (que luego no se pagaron). Los créditos baratos son una de las maneras más utilizadas por los alcaldes para tratar de ganarse el apoyo popular. Afortunadamente a ese Bankomunal no le pasó nada frente a aquel empeño y años más tarde aún sigue dándole servicio a los pescadores y sus mujeres. A la fecha de hoy ha otorgado más de mil créditos utilizando su propio dinero, con una recuperación superior al 99%.
Seguramente otras organizaciones que hacen trabajo comunitario tendrán otras tantas historias más que mencionar, como un ejemplo de la terrible relación que existe entre el poder municipal y las comunidades. Como ven, no he mencionado el problema de la corrupción y el mal manejo de los fondos, sino solo ejemplos de la manera en que muchos de los representantes del poder municipal se relacionan con los grupos comunitarios.
Defender el poder municipal desde estas historias me resulta difícil. Quizás los que hayan ejecutado el trabajo desde la perspectiva del poder municipal tengan otro criterio y sientan que su tarea es fructífera. Sin pretender ser extremista, francamente no puedo menos que ser crítico de la manera en que el poder municipal se relaciona con los grupos comunitarios, más allá del tradicional clientelismo.

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