
La semana pasada hablé de algunos de los vicios típicos del crédito a los campesinos, especialmente aquel referido al financiamiento por medio de insumos. Esta semana veremos cómo ese ciclo que comienza con la búsqueda de protección o garantía sobre el uso que se da a los fondos, concluye casi siempre en otro ciclo, perverso, que afecta sobre todo a la producción. Inicialmente, los diseñadores del programa de crédito en insumos piensan que si en vez de dinero, otorgan materias o materiales, se abaratan los costos y se evita que los recursos se utilicen en asuntos distintos a la siembra. Pero poco tiempo después se dan cuenta que, al contrario, el modelo genera un ciclo vicioso de corrupción e improductividad (que ya explicamos en el artículo anterior). Ante esta situación comienzan los supuestos correctivos. Superada la irrealidad e ineficacia del financiamiento en insumos, regresan a la idea del financiamiento en dinero, pero tratan de mejorar el sistema de selección de clientes, a fin de otorgar préstamos solo a aquellos campesinos que supuestamente utilizarán los recursos exclusivamente para la producción. Así, desarrollan una serie de mecanismos de control y supervisión que hacen bastante complicado el proceso y que normalmente traen consecuencias muy negativas. El razonamiento casi siempre es el siguiente: para evitar que las decisiones las tomen los funcionarios de bajo nivel, teóricamente más propensos a ser sobornados, se establecen supervisores que eviten la corrupción. De este modo, se sube el nivel de decisión a posiciones de mayor jerarquía. Después de un tiempo, lamentablemente se dan cuenta de que también en ese nivel la corrupción es un problema serio y entonces crean supervisores de supervisores. Así se va complejizando el modelo y la toma de decisiones sobre los créditos a otorgar termina centralizada en las oficinas de mayor jerarquía, llámese oficina central de crédito agrícola, Ministerio de Agricultura u otro nombre. La "oportunidad del dinero" -que el mismo sea recibido específicamente cuando se necesita y no a destiempo-, es un concepto muy importante en el financiamiento de cualquier actividad, pero para el caso agrícola es absolutamente fundamental. No contar con las semillas, los fertilizantes o los insecticidas a tiempo es fatal para la producción, ya que los ciclos atmosféricos requieren tiempos precisos de ejecución. La imposibilidad de conseguir armonizar las entregas de capital y ciclos ambientales, bajo el uso de sistemas de control financiero tan burocráticos, hace prácticamente imposible obtener buenos resultados en el largo plazo. Se podrán tener algunos éxitos parciales, pero el resultado, a la larga, es normalmente escaso, pobre. Por esta experiencia han pasado prácticamente todos los programas de crédito agrícola en Latinoamérica. En Venezuela tuvimos muchos ejemplos realmente importantes. Solo para recordar algunos no tan viejos, nombraremos el Icap y muchos de los programas regionales de financiamiento agrícola. Casi todos probaron con financiamiento en insumos y luego con modelos de supervisión financiera complejos y ninguno obtuvo resultados positivos. Algunos podrán decir que eso ocurrió porque se trató de estructuras corruptas o de un modelo de financiamiento individual y no colectivo, o de productores poco nacionalistas e irresponsables o de prácticas propias de instituciones motivadas por el lucro. Pero la verdad es que casi siempre este modelo ha sido y es usado por ONG sin fines de lucro además de los organismos públicos, con resultados muy similares o iguales. A mi juicio esto ocurrió y volverá a suceder, simplemente porque el diseño del modelo financiero parte de premisas equivocadas. Hay una falta de comprensión de las motivaciones del campesino para acceder al crédito. En la mayoría de los casos, los campesinos, al igual que otros sectores con escasez de recursos, tienen lo que llamo "la ansiedad del crédito", es decir, el deseo de ponerle la mano a un volumen o cantidad de dinero junta, que les permita obtener bienes y servicios que desean, los cuales no pueden adquirir de otra manera. Es allí y no en la necesidad productiva donde yace la ansiedad del crédito, en la inmensa mayoría de estos casos. En segundo lugar, se supone erróneamente que los campesinos necesitan crédito para producir. Esto no es del todo verdad o al menos no debería serlo. El crédito solo es necesario si el campesino va a introducir nueva tecnología, o si va a ampliar la superficie de siembra. Si no va a hacer nada adicional que suponga nuevo financiamiento, el campesino debería poder financiar su actividad con los resultados de la cosecha anterior. Lo que ocurre es que normalmente venden sin prever los elementos inflacionarios y el nuevo financiamiento no es para agregar valor o aumentar la producción, sino simplemente para compensar la inflación. Por ello, para que un nuevo modelo de crédito campesino sea eficaz, logre mejores resultados y tenga éxito, hace falta reconocer estas realidades y utilizarlas en favor de dicho esquema, y no en su contra. No hay que engañarse, esperar que el campesino se comporte de tal manera que no ansíe el acceso a bienes y servicios de mejor calidad, es un error. Para obtener buenos resultados productivos hay que cambiar la visión y trabajar bajo un paradigma distinto. Para ello no se debe financiar la actividad sino el individuo en su realidad y esa realidad supone su deseo de acceder a bienes y servicios que contribuyan a mejorar las muy difíciles condiciones que forman parte de "vivir en y del campo".
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