
Siguen lloviendo críticas sobre el microcrédito. Esta semana un artículo en The New York Times habla de las dificultades que está teniendo este movimiento, antes alabado y apoyado por líderes mundiales de la talla de Bill Clinton, Tony Blair, los reyes de España, Bill Gates, y pare usted de contar.
Como han leído en mis artículos, he sido un gran crítico del rumbo que han tomado las microfinanzas y no ahora, cuando muchos las cuestionan, sino desde que entendí hace bastante tiempo que habían vías mucho más económicas, sencillas y eficientes de prestar servicios financieros a los pobres. No por otra razón hemos lanzado, en conjunto con otros emprendedores sociales a nivel internacional, con ya varios años de interesante trabajo, una cruzada mundial que pretende rescatar muchas de las prácticas financieras informales y tratar de evitar que se criminalice la informalidad financiera, como si todo allí fuese perverso, explotador o injusto.
Sostenemos que en la informalidad financiera, especialmente en los mecanismos colectivos, existe una rica tradición de prácticas que, mejoradas, pueden ser una solución de calidad y sumamente económica, para lograr llevar servicios financieros adecuados a los sectores más necesitados, sin tener que pasar por la complejidad de la banca formal o de las instituciones microfinancieras.
Las raíces del problema son bastante viejas, y lo que estamos observando ahora no es más que el resultado de una visión equivocada, promovida especialmente por organismos internacionales de cooperación y por agencias multilaterales como el BID y el Banco Mundial: La bancarización.
La cosa es así; después que Yunnus demostró que los pobres eran financiables, se lanzó una campaña mundial para impulsar las microfinanzas, pero pronto se dieron cuenta de que la demanda era tan gigantesca, que no sería posible satisfacerla sin la incorporación de grandes cantidades de recursos. La pregunta clave fue, ¿de dónde sacamos esa plata? Y la respuesta más sencilla resultó ser: "De la banca como mediadores de los ahorros del público.
Pero, naturalmente, para poder cumplir con las exigencias de la banca es necesario estructurar instituciones suficientemente rentables, y como hemos explicado en otras entregas, otorgar créditos de bajo monto con los métodos bancarios, tiene un alto costo. La premisa es: "Entre más pequeño el monto del crédito, más alto el costo de entregarlo y recogerlo".
La respuesta que muchos consultores y expertos dieron fue: Cobremos tasas "sostenibles". Ahora bien, sostenibles en este ámbito puede significar, altas. La justificación teórica fue que al microemprendedor no le importaba tanto el costo de la tasa como la disponibilidad del recurso.
Este nivel de tasas se logró sostener sin muchas protestas por un largo período, pero naturalmente comenzaron a escucharse voces de protesta. La respuesta frente a este problema fue impulsar la competencia, con el argumento de que si había mayor oferta las tasas bajarían.
Esa lógica operó por cierto tiempo, hasta que efectivamente las tasas bajaron, pero ya el negocio no lucía tan rentable. Recuerdo la crisis que se presentó a principios de esta década, sobre todo en Perú y Bolivia, cuando la competencia obligó a salir del mercado a varias instituciones microfinancieras. Esto no sucedió en Asia, pues el mercado era increíblemente mayor y se podía seguir creciendo sin que la competencia fuese un verdadero problema.
En ese momento y frente a esa crisis la respuesta de los expertos y consultores fue la de "masificar". Si los costos son altos y la rentabilidad baja, lo que hay que hacer es crecer. Se gana poco, pero muchas veces. A mi juicio esto sí fue la verdadera metida de pata, pues el microcrédito dejó de ser un instrumento para el desarrollo y la reducción de pobreza y se convirtió en un mecanismo de ganar dinero. Nació lo que conocemos como "la venta del crédito". El mayor daño que se ha hecho a las microfinanzas y a los necesitados ha sido precisamente haber salido a venderlo como pan.
Yo, afortunadamente, hace varios años comprendí que el modelo bancario era muy costoso para resolver la accesibilidad de los más pobres. Nosotros partimos de un paradigma distinto: los pobres son autofinanciables. Para ello debemos basarnos en muchos de los mecanismos informales ampliamente utilizados por ellos mismos, para darse servicios financieros.
Debe considerarse y estudiarse -para comprenderse- la informalidad, de manera que podamos aprovechar lo positivo de estas prácticas y desarrollar modelos que realmente cumplan con ambos objetivos: servicios financieros y reducción de pobreza. Los Bankomunales con K, son nuestro modesto aporte en este sentido.

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