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| Simón A. Parisca* |
Para
nadie es un secreto, hoy en día, que la innovación constituye, posiblemente, la
herramienta clave para el éxito competitivo en el mundo globalizado. No
solamente porque todos, los expertos y los no tanto, lo afirman a diestra y
siniestra, sino porque, en gran medida, lo hemos evidenciado en numerosos casos
de éxito – Apple, Google, Whirlpool, Whole Foods, etc. – así como, también en
casos notables de fracasos cuyos nombres preferimos reservarnos.
No
obstante, no escapan a nuestra atención los resultados de estudios de instituciones
como el Banco Mundial, BID y otras, en los cuales se pone de manifiesto la
escasa visibilidad, y menores resultados, de las prácticas innovadora en las
empresas latinoamericanas.
El
problema, en nuestros países, no pasa por la ausencia de reconocimiento de la
relevancia de la práctica, tiene más que hacer, pensamos, con algo mucho más
elemental, nuestra definición personal de innovación, aquella que manejamos
individualmente, y a través de la cual escuchamos y entendemos, todos los
nuevos y omnipresentes mensajes sobre el tema. De acuerdo con la experiencia de Whirlpool (a
mi juicio uno de los casos más aleccionadores del proceso de instalación de una
práctica moderna de innovación en una empresa madura del sector manufactura),
la formulación de una definición clara y compartida de innovación hacia el
interior de la organización, constituye uno de los pilares fundamentales del
proceso. Todos los integrantes de la organización deben manejar un concepto
único de innovación, una noción unificada de la práctica, totalmente alineada
con la estrategia organizacional.

















